La estructura algebraica del afecto

 

“El álgebra booleana tiene sus límites cuando se trata de producir mentes”

Antonio Damasio

 

Somos biología representada en forma de sentimientos por nuestra mente. Hace cien millones de años ya había insectos capaces de crear sociedades sofisticadas con una compleja gama de roles, no somos los únicos ni los primeros, la vida es mucho más que nosotros como especie o plaga, depende del color del cristal con el que se filtre la sensación de vivir.

Las respuestas emotivas complejas y las experiencias mentales que generan (sentimientos o planes de acción) es lo que nos une a otras especies, no lo que nos separa de ellas, por eso no somos la única criatura  que transciende las leyes homeostáticas de la vida, ni tan evolucionados como para que nos pertenezca el control en exclusiva del planeta; es verdad que somos fascinantes, pero el resto de formas de Vida también.

Somos conscientes de ser química y vísceras, músculos y esqueleto cableados  por un sistema nervioso que se extiende y se ocupa de monitorizar hasta la última isla celular de nuestro organismo, mapeando y haciendo que la información fluya entre cerebro y cuerpo; unidos por las representaciones internas y externas que la mente hace de nosotros mismos, creando la ilusión de la subjetividad, de la individualidad: el teatro donde se representa la función y la función en sí misma.

La mente se encarga de que nos contemplemos observándonos al vivir y sentir lo que nos pasa por dentro y por fuera, creando imágenes del mundo que nos rodea y de ese otro mundo, perfeccionado durante miles de millones de años, que se extiende bajo nuestra piel, donde a golpe de intercambio de moléculas químicas, cooperación celular e informes neurales se generan los sentimientos, informantes incansables que recrean para nuestra cognición, el mapa de cómo están las cosas en esa estructura profunda del cuerpo donde la simbiosis entre sistemas (endocrino, inmunitario, circulatorio, nervioso) hace posible que nuestras cortezas cerebrales creen la consciencia de ser lo que a La Vida le interese que creamos ser.

Cuando experimentamos un estado que propicia que la vida continúe, lo describimos en términos positivos y lo calificamos como agradable; cuando ese estado, en cambio, no resulta propicio, describimos esta experiencia en términos negativos y hablamos de una situación desagradable. La valencia (que traduce el estado vital directamente a términos mentales, en cada momento) es el elemento que define el sentimiento y, por extensión, el afecto que nos provoca en presente tal experiencia y que al rememorarla para intuir el futuro emergerá con la misma sensación que tuvimos al vivirla.

Somos ilusiones de individualidad que bucean en busca de una seguridad y una plenitud esquivas y poco fiables en su capacidad de satisfacernos a largo plazo; todo está concebido para auto disolverse (apoptosis) en un caldo primigenio que genera nuevas formas tras cada descomposición; fundiéndonos en un universo, al que estamos unidos, pero del que no sabemos nada excepto que, si eliminamos los sentimientos de la ecuación de la vida, no seríamos capaces de clasificar las imágenes como bellas o feas, agradables o dolorosas, de buen gusto o vulgares, espirituales o terrenales.

Entrando con tacto afilado en el hemisferio transpersonal que mide el tiempo, coincidimos con Damasio en que “la idea de que la razón tome el mando es una gran locura, un nuevo arcaísmo de los peores excesos del racionalismo, pero también rechazaría la idea de que deberíamos suscribir simplemente las recomendaciones de nuestras emociones (ser amable o compasivo, estar enojado o asqueado) sin filtrarlas a través del saber y la razón” (Damasio, 2018)

La realidad procedente de la interacción entre el sistema nervioso y el resto del organismo no neurado, requiere una mente donde pueda ser representada y esto lleva pasando en La Tierra, como mínimo, quinientos millones de años; la mente humana sólo apareció hace unos cientos de miles de años. Ahora bien, al comparar nuestra mente con la de otras especies, observamos una diferencia fundamental, sobre todo a la hora de almacenar y gestionar datos masivos, obtenidos de la vigilancia de nuestro interior y del mundo que nos rodea, y una vez convertidos en memoria, la manera en que los utilizamos para crear algoritmos de predicción. Esto es lo que hace nuestra mente cultural, algo que quizá no acabamos de saber descubrir en otras formas de vida, un desarrollo cultural como extensión de las leyes homeostáticas basadas en prevalecer y mejorar como especie.

El cuerpo como productor de emociones y sentimientos, junto con el cerebro y su capacidad algorítmica posibilitan la mente. Ambos son igualmente necesarios y la información fluye en ambos sentidos con el mismo rango de importancia. Aunque una, la información que emite la parte más antigua del cuerpo, la química, el comportamiento celular, las vísceras y posteriormente la representación fantasmal del cuerpo (sistema musculo-esquelético) le saca unos cuantos millones de años a las entronizadas y adoradas cortezas cerebrales que, aun siendo fascinantes en su capacidad de esquematizar operaciones lógicas avanzadas y convertirlas en tecnología funcional, lo cierto es que son unas recién llegadas a la milenaria historia de la Homeostasis, de La Vida y su salvaje e ignota manera de abocarnos a descubrir su origen y por lo tanto el nuestro.

Un camino prometedor para continuar con esta eterna búsqueda de cómo y dónde se genera la conciencia y hasta qué punto somos realmente lo que nuestra mente nos dice que somos. Una pista la encontramos en la no dualidad entre cuerpo y cerebro; si cuerpo y cerebro interactúan y forman una única unidad del organismo, “entonces el sentimiento no es una percepción del estado del cuerpo que realiza el cerebro, en el sentido convencional del término. Aquí la dualidad sujeto-objeto o percepción-perceptor desaparece. Esto es así porque, en lo que concierne a esta pare del proceso, esa unidad se produce. El sentimiento es la parte mental de esa unidad” (Damasio, 2018).

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